Tras fumar lo último de la noche, vigilando desde mi ventana, cuando el viento ligeramente inquieto reposaba dentro de la sombra del árbol y la luna iluminaba la encrucijada hacia el oriente, haciendo palidecer sobre el asfalto la luz halógena que amparaba las más fúnebres texturas, en lo lejano de las pupilas, doblando la esquina, se acercaba una figura conocida.
Era yo.


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