Siempre miro a los ojos a la gente. No espero ver nada. Solo intuyo que hay algo detrás de eso: un temor de ocho patas, una sonrisa que espera en casa, un odioso pan de cada día, la costilla más cercana al corazón, un charco de nube, una duda mal clavada y dispuesta a escaparse volando, el texto del que viaja junto, la avaricia de las letras; y algunas pocas veces, siempre al amparo del tungsteno, me encuentro con los ojos que no veo. Imagino que comparten espacio con abanicos oculares, con el telón ocasional y somnoliento de este teatro que es la vida, con el templo del aire renacido y con el polvo de ceniza que, no sin temor, soberano de si mismo, se eleva sobre el mundo y toma un cuerpo afortunado.
De palabra.
O de verso.
O de ripio.Un poco más a los lados deben estar las puertas al sonido, siempre dispuestas a recibir una visita inesperada.


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