La noche dominaba el panorama y dragones luminosos hechos de mil centellas avanzaban por los posibles cauces. El medio era la altura y estábamos ahí, donde podía verse el trazado preciso de este centro que no se deja (todavía) alinear por las políticas telefonarias, que mantiene en el corazón los latidos de miles, los gritos de millones, las quejas del resto y los demás. Como siempre, y otra vez, la lluvia abrió las opciones y las nubes: la decisión fue remontar las alturas. Kilómetros, kilómetros y más kilómetros de esta ciudad que ha desahuciado lagos, derribado montañas, transformado el aire, y que aún hoy sigue trepando por las laderas que la malcontienen. Chaparra y gorda, pero impresionante. Las moles de metal y piedra adquieren su justa dimensión y, tras dudar un instante largo, siguen siendo impresionantes. Y cada vez hay más; lo que hoy son vigas de acero desnudo vestirán los espejos en que se sentirá reflejada esta enorme capital. Lo triste es que solo servirá el adorno para subir el animo y los egos de hartos inversionistas y mercachifles, que podrán ver cada día desde la altura; pero no sabrán del privilegio porque tal vez no vean más allá de lo que sus manos acaparen. Incluso, llegados a tal punto, nos cobrarán por el momentáneo goce, por la vista y por cada minuto que deseemos de más alla; pero se equivocan: Estas sombras, la tierra, las ferias, los perros, los ladrillos, los jotos, los faroles, el humo, el tianguis, los tacos, los rincones, el café, los jotos, la música, los gritos, la piratería, las sombras, el barrio, cada calle y todo, todo lo demás, se pertenece a si mismo. Porque podemos perfectamente ir a chingar cada cual a su respectiva madre, y cada parte de este todo, perturbado y confundido en plenitud, permanecerá.

